Aislados del COVID-19 en un gigantesco desierto de nieve, la vida “normal” en Antártida

Aislarse en Antártida es recluirse en un lugar semidesértico. Con una extensión de más de 5.000 millones de kilómetros cuadrados -Mexico y Estados Unidos juntos- tiene una población máxima de 5.000 personas. Sufre el calentamiento global, pero sus temperaturas más altas no son por coronavirus.

MIAMI / NUEVA YORK, EE.UU. — Ellos ya vivían en aislamiento. Ahora sin embargo, el aislamiento es superlativo. Viven aislados en un lugar ya de por sí desolado. No hay vuelos. No hay llegada de barcos. Ya no llegan los turistas. Su lugar de residencia es después de todo el único continente que se ha salvado hasta ahora de la llegada del coronavirus: la Antártida.

Ellos son militares o científicos de siete países que tienen una presencia permanente en la Antártida. Dedican su tiempo a hacer investigaciones científicas. Algunos tienen con ellos a sus familias, incluyendo niños. Otros están asignados a una de las bases militares de la zona, solos.

La Antártida está hoy cerrada a visitantes. Los turistas que llegaban hasta mediados de marzo han dejado de visitar el desolado continente. Tampoco están llegando embarcaciones. Todo para mantener al continente libre de la pandemia. Sólo llegan barcos para dejar suministros de primera necesidad.

“Nos sentimos protegidos. Estamos aislados naturalmente. Nosotros estamos aquí y por ahí siento como que somos espectadores de algo que está sucediendo lejos, pero que a la vez no nos deja de preocupar”, explicó Norman Walter Nahuel Tripay, jefe de la base antártica Esperanza, una de los asentamientos en el territorio asignado a Argentina. Nahuel Tripay habló con la Voz de América vía videoconferencia.

En total son siete los países que tienen alguna de las 50 bases militares o científicas en la Antártida: Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda e Inglaterra. Cada uno reclama la posesión de territorios en ese continente.

Estados Unidos, Rusia y Brasil, se han reservado el derecho de reclamar territorios. Aunque aún no lo han hecho, estos tres países también mantienen presencias permanentes en Antártida. La población varía entre 1.000 personas y unas 5.000, en los períodos menos fríos del verano austral, desde octubre hasta febrero.

Para los científicos y militares viviendo en la isla, algunas cosas han cambiado. Se han suspendido los torneos de tenis de mesa, o ping-pong, y los de baloncesto. Eran dos de las principales actividades con las que los residentes amortiguaban el aburrimiento.

Sus labores científicas sin embargo han continuado con normalidad. Los hijos menores de edad de los argentinos destacados en el lugar, siguen asistiendo a la escuela con normalidad. No hay clases por internet.

“No nos vimos en ningún momento forzados a realizar ningún tipo de aislamiento social ni distanciamiento”, explica Nahuel Tripay. “Aquí la vida en la base Esperanza sigue normal”.

El continente fue protegido por las alertas tempranas emitidas por los distintos Gobiernos con presencia en la Antártida y por la suspensión de la llegada de turistas, los cuales dejaron de tener casi ningún contacto con los miembros de las bases.

En las casi 50 bases en la Antártida, ya se tenían estrictas medidas de higiene que incluían lavarse las manos numerosas veces al día. Esto es debido a que las enfermedades se transmiten con rapidez en ambientes pequeños y cerrados.

“Siempre hemos mantenido protocolos robustos de higiene y salud para combatir enfermedades en ambientes cerrados”, explicó a la agencia Reuters Alejandra Iserns, directora de la Sección de Ciencias Antárticas de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Agregó que en las instalaciones estadounidenses se tienen clínicas con capacidad para lidiar con casos de coronavirus.

Hasta ahora, mientras en el mundo los contagiados sobrepasaron ya los dos millones, en la Antártida no se ha visto ni un solo caso.

Fuente: VOA.




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